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Kawaii. El término es japonés, abunda entre los adolescentes que en diversos rincones del mundo se desviven por la estética del manga o el animé, y bien podría calificar al muñecote que pone color a esta calle de la ciudad de Pekín. No están los ojos enormes y adorables –el signo de lo kawaii–, pero sí el rostro liso y redondo, los rastros de bebé que no necesitan oponerse al bigotito ni al abanico o la ropa de adulto en actitud de servicio. Junto a la escultura de material sintético, el mundo real. Lejos de las sonrosadas ternuras del kawaii, pero tampoco sumergido en la ferocidad de la jungla de asfalto. Más bien parecemos asistir a un recreo, esos minutos preciosos donde un cigarrillo encendido también es descanso, posible ensimismamiento, tal vez intercambio de fugaces impresiones. Sin duda tiempo ganado a la maquinaria de un mundo poco afecto a las treguas.

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